martes, 30 de marzo de 2010

EL RECITAL

"No se puede llegar muy lejos con esta carcasa seca. No queda nada en su interior… restos de venas fosilizadas hace un zillón de años colapsándose contra el tejido opaco y sin vida.

Corredores de la Muerte en cada tramo del camino, condenados arrastrando pesadas cadenas que estrangulan la carne que tocan… dedos muertos todo el camino hasta ninguna parte… "


Romeo y Julieta danzando indolentes sobre el Tiempo, se abrazan, giran, se besan, giran, giran radiantes, ascienden a un sol encendido… hacia el corazón del Sol… bailan, giran, se abrazan, se besan…

Un muchacho negro de marcadas ojeras y acento irlandés acaricia una guitarra preciosa. Las notas caen de sus manos esbeltas como borbotones de vino dulce… agua templada de lejanas orillas más allá de este mundo. El muchacho negro es ahora un hombre blanco de mediana edad, aspecto descuidado y barba de tres meses. Ha cambiado la guitarra por una botella de ginebra y corre como un poseso, arengando a los despistados a que le sigan, siempre sin tocar la tierra bajo sus pies… termina tropezando con sus propias palabras y cae estrepitosamente sobre un melancólico atardecer en Connie Island. Levanta la vista y puede ver a alguien al menos veinte años mayor que él. Muy bien llevados. Habla solo, como reflexionando en voz alta… Tan pronto parece que se está refiriendo a sí mismo, como parece que lo esté haciendo a una segunda persona, tercera. Tal vez no esté hablando de personas. Tal vez sea de esas personas que dan vida a sus propios sentimientos, quien sabe con qué motivo. Tal vez no. Tal vez sea sólo un tipo cansado pensando a viva voz. Un pobre tipo que quiere que le dejen tranquilo...

“Parece que va a llover”, le dijo la sartén al cazo. De Connie Island a un puto desierto en medio de ninguna parte. Lo último en transporte instantáneo. Músicos polvorientos bajo un cielo de cobre fundido. Visten levitas carpetovetónicas que les quedan grandes a unos y demasiado pequeñas a otros. Se mueven ralentizados al son de las barras y estrellas, un constante rumor de engranajes metálicos bañados en oro negro. El rumor se convierte en estruendo. Jimi toca las últimas notas con los ojos en blanco, fijos en el estruendo del rumor. Desaparece bajo una harmónica desquiciada que se ahoga a sí misma una y otra vez con su propia sangre recién abierta… un espectro se retuerce sobre el suelo polvoriento, golpeando su pecho y espalda con desprecio. Se levanta y sacude su cuerpecillo ectoplásmico como un psicótico eléctrico. Salta, brinca y corre. La polvareda que levanta es considerable, todos los monitores, todas las pantallas, saltan volatilizadas por los aires. El cielo cargado por momentos… entidades fagócitas estallando sobre pianos afilados en órbita permanente, sus restos arden en contacto con la atmósfera…

…Dejemos la atmósfera… directos al corazón del sol, de la puta galaxia si hace falta, acelerando a velocidad terminal, lejos de gravedades y precesiones. “Piloto: tire to palante, potensia factor nueve”…
Abandonando formas y tamaños, abandonando conceptos humanos, volando libre entre orbes majestuosos y estrellas de fuego puro… mecido en la Eternidad, acunado en olas cósmicas...
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